Elena (Graciela Borges) es una reconocida directora de documentales, felizmente casada con Augusto, un músico de su misma edad, con quien no tuvo hijos. Una mañana Elena recibe un llamado anónimo: Augusto se descompuso y está en el hospital. En el sanatorio y acompañada por su amiga y asistente Esther (Rita Cortese), Elena descubre que quien trae a Augusto es Adela (Valeria Bertuccelli), una joven de treinta años, que resulta ser su amante. Elena no sólo tiene que soportar semejante revelación. Al borde de la muerte, su marido le pide que cuide de la joven. Elena atraviesa el duelo con furia y dolor. A los pocos días del fallecimiento, Adela aparece en su casa, intentando un acercamiento que Elena inicialmente rechaza. Desesperada, Adela intenta suicidarse, pero sobrevive. Elena, acorralada por su promesa, decide llevarla a vivir con ella hasta que la chica se recupere. La diferencia de sus personalidades, de su manera de vivir el duelo y la forzada convivencia las enfrenta una y otra vez. A su pesar, les toca atravesar juntas el dolor de la pérdida y aprender a vincularse, no solo como las viudas del mismo hombre, sino también, como las dos grandes mujeres que son. (FILMAFFINITY)

 

Bueno Sofi, estamos listas, a ver…

Por favor acá, terminemos, se acabó todo... eh ya está.

¿Qué pasó?

Es Augusto, tuvo un infarto.

Ya llegamos, ahora te van a atender ¿sabés?

No puede pasar señora, tranquila.

No, pero…

¿Quién es esta chica?

¡Sal inmediatamente de acá!

¿Qué hacés?

¿Augusto vos me engañaste con esa chica?

Augusto odiaba las flores.

No, son para usted.

Gracias… tiralas.

Te doy una semana… pagás o te rajo a la puta que lo parió.

¡Adela!

Sí, soy yo… yo no tengo ninguna hija.

Bueno, Justina le va a preparar su cuarto.

A mí también me hubiera gustado ser la única.

¿Tomaste detergente Justina?

Es whisky, del que toma la señora.

¿Por qué no la echas?

Sabe cosas.

Justina, la chica se encerró en el baño ayer, mire que pasó.

Yo no puedo estar en todas, loco.

Tienes un marciano maleducado de mucama, la amante de tu difunto marido viviendo en tu casa, que se te suicida en cualquier momento.

Usted lo puede llorar tranquila porque es la viuda, puede hablar de él porque es su marido… yo nada.

¡Suélteme!

Él decía que no podía vivir sin usted, que no se imaginaba la vida sin usted.

¿Y qué hacía con vos? ¿No lo cogía bien? ¿Vos cogés mejor que yo?

Ja, ja, ja, ja

Perdón, porque me acordé de un chiste, del rengo ese que va por la calle y le grita a la mina que la quieren violar y la mina le dice ¡vete, vete, cojo horrible!