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El sonido seminvoluntario que hacemos cuando nos damos un golpe, nos pinchamos, o nos quemamos un dedo, por ejemplo, es constante en todas las lenguas y todas las culturas.

En español solemos decir ¡ay!, los alemanes dicen ¡Ach!, los noruegos ¡Aul! y los chinos ¡Aiya!

Pero en todos los casos, es un sonido producido con la boca abierta y una respiración corta.

Ésta es la manera más rápida y más simple de hacer un sonido fuerte y, probablemente, evolucionó hasta transformarse en una alarma para avisarle a la tribu sobre la existencia de un peligro.

Si el peligro es un animal, el sonido tiene el mismo efecto que mostrar los dientes en forma amenazante.

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